A través del artículo anterior tuvimos la ocasión de compartir una reflexión en la cual se exponía la necesidad de mover la Verdad, de no ser simples conocedores sino dar un paso al frente para posicionarnos como auténticos develadores de la Verdad.
Develar significa literalmente quitar o descorrer el velo que cubre algo, nos informa la Academia.
Por tanto, el primer gesto práctico de una persona empeñada en que la Verdad sea compartida por todos, es retirar el velo con el que la han tapado.
He podido comprobar, desde la atalaya de mi más de medio siglo de vida, estudios, experiencia y observación, que tanto los que viven de la res publica como de la res credendi conocen la verdad histórica de su área y competencia, el origen y desarrollo de lo que hablan y predican, e incluso cuando hacen cátedra de ella, casi siempre intentan mostrar y enseñar a sus pupilos la verdad. Aunque siempre, revolotea sobre ellos el miedo a ser sancionados con la retirada de licencia de cátedra.
También, hemos de tener en cuenta que el hecho de explicar la verdad de forma light, se origina ante la posibilidad de crear enfrentamientos con las facciones de pupilos ortodoxos, -que más que pupilos se comportan como portadores de sables de la ortodoxia en forma de magia de inexorable cumplimiento-, en tanto que los no ortodoxos no lo defienden por temor a que el Alto Vigilante no lo incluya en sus listas o bien no lo llame a la nomina de sus profesionales de la otra vida.
Sea una u otra la razón que pueda esgrimir quien no explica la Verdad en estado puro, origina con su comportamiento un cuerpo doctrinal incierto en ese momento y cuando el pupilo sea ya un profesional disfrutante de la res publica o de la res credendi.
Y así es como se pone en marcha un efecto de bola de nieve, que cuando llega a su destino final congela literalmente a quien lo pregonó -por ser conocedor de la mentira o verdad no develada que encierra la cátedra que dió- y calienta el cerebelo de quien lo estudia, recibe, transmite y hace fe de ello.
He aquí la primera camada de monstruos.
Uno de los métodos más usuales que se usan para no develar la Verdad es introducirla en formol, archivarla en un instituto o biblioteca, transcribirla como documento cuasi inteligible para quienes no hayan adquirido el arcano del lenguaje críptico de la polis o el dogma y establecer una auténtica carrera de obstaculos para el estudioso que quiera acceder al bien común y público de los fondos celosamente guardados.
Otra observación que he podido cotejar es que la razón dada por quien conoce la Verdad y se la guarda solo para sí y para sus sucesores, es que no es conveniente comunicarla en su forma pura, sino interpretada, tamizada y pulida para que no crispe a la opinión pública o se incumpla el precepto de la caridad y la misericordia por el escándalo que pueda provocar.
He aquí la segunda camada de monstruos.
Este comportamiento descrito, se denomina sencillamente engaño. Engaño multisecular. Y fraude cuando además de ello, se propone la caridad y la misericordia como falsa coartada para no develar la verdad.
Todo ello origina un problema grave, al perder la Verdad su sentido original, de manera que ya no puede reconocerse ni la persona, ni el momento histórico del que se habla y aún menos reconocer sus enseñanzas.
Y he aquí la tercera camada de monstruos.
De estos monstruos, se nutren aquellos que se arrogan el deber extrahumano de recibir, conservar y entregar su verdad. Sin ellos. no podrian existir.
He aqui a los padres de todos los monstruos.
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